El pasado 22 de diciembre, en San Pedro del Pinatar, no se habló solo de premios ni de décimos. Se habló de memoria, de gratitud y de algo que trasciende la suerte: la ilusión. Ese día se rindió un emotivo homenaje a Clive Arrindell, el actor británico que durante años encarnó al mítico “Calvo de la Lotería” y que, con apenas un gesto y un soplo, consiguió instalarse para siempre en nuestro imaginario navideño.
Clive fue, para millones de personas, el mensajero silencioso de la esperanza. Aquel personaje que parecía elegir, sin ser visto, a quién le cambiaría la vida. El primer “cazador de sueños”. El hombre que convirtió cada anuncio en un ritual compartido.
Pero, tras su fallecimiento —silenciado durante meses—, quedaba una deuda pendiente: darle el reconocimiento que merecía. Esa tarea la asumió con corazón y perseverancia Miguel Ángel Zapata, lotero murciano, quien decidió alzar la voz para que su historia no quedara en el olvido.
En sus propias palabras:
“Fue y seguirá siendo una de las personas más esperadas en Navidad. Quién no ha soñado con cruzarse con él.”
Miguel Ángel recuerda que su gesto nació del simple deseo de hacer justicia:
“Solo quise hacer un gesto, un pequeño homenaje, más que merecido: dar voz a una injusticia, a un silencio institucional, a una ausencia no narrada, olvido mediático, desmemoria pública, luto invisible, omisión funeraria, memoria eclipsada, fallecimiento silenciado.”
El homenaje del día 22 fue sencillo, pero lleno de símbolos: un adoquín dorado frente a la administración de lotería, palabras de recuerdo y un instante que nadie olvidará.
Allison, la hermana de Clive, viajó hasta allí para estar presente. Y llevaba consigo algo muy especial. Tras recordar emocionada la figura de su hermano, sacó una chaqueta negra… la misma que evocaba los anuncios de la lotería. Se la entregó a Miguel Ángel y, mirándolo a los ojos, le dijo:
“Now you carry the legacy of illusion” – Ahora tú llevas el legado de la ilusión.
El propio Miguel Ángel lo describe así:
“Me sopló como en el típico anuncio de la lotería y me invitó a que yo hiciera lo mismo mirándola a ella, en una especie de ritual.”
Fue un relevo simbólico. No se trataba de imitar a Clive, sino de mantener vivo su espíritu.
—“Me dijo que me rapara la cabeza —cuenta entre risas—. Le dije que calvo de la suerte solo hay uno. No existirá otro, y si lo hay, serán meros imitadores. Pero le juré que, mientras viva, llevaré la chaqueta cuando llegue la Navidad.”
Lo que ocurrió aquel día va más allá de un anuncio icónico o de una campaña de lotería. Fue un acto de justicia emocional: reconocer a quien ayudó a construir nuestra manera de sentir la Navidad.
Clive Arrindell ya no está, pero su legado continúa viajando —sutil, casi invisible— en cada gesto que despierta ilusión.
Y ahora, gracias a ese gesto de su hermana y al compromiso de Miguel Ángel Zapata, ese legado tiene quien lo custodie.
Porque, al final, la suerte pasa…
pero la ilusión permanece.
Foto de @marcoanfotografo
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